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domingo, 30 de junio de 2013

FRENESÍ


Asisto estupefacto a los sucesos de estos días en Brasil y a cómo Dilma Rousseff pasa de encarnar una especie de evolución "a la americana" de la socialdemocracia europea, a convertirse en una premier asediada en la calle.

Tras enarbolar aún con más brío la tarea comenzada por Lula, el crecimiento económico de Brasil y lo que es más importante, la progresiva eliminación de bolsas de pobreza y exclusión, no tienen parangón histórico. Los resultados de estos años de acción pública contra la desigualdad combinados con la generación de riqueza impresionan, al tiempo que se moderniza y sanea la administración pública. Y Brasil se torna en un agente imprescindible en la agenda geopolítica, se convierte en un Estado clave del orden mundial.

Nada de esto ha sido suficiente, la popularidad de Dilma se desploma. Una sociedad que aumenta sus expectativas a mayor rapidez de lo que la acción pública está en disposición de colmarlas, se ha echado a la calle. La intensidad de la receta es tanta o mayor que la que se aplica a gobiernos que desmontan la res publica (como el español ), o la que se aplica a gobiernos democráticos con tics autoritarios (como el turco), o a regímenes directamente dictatoriales. De nada ha servido que la presidenta haya respondido de forma inusitadamente celérica y abierta (desoyendo a aquéllos que aconsejaban más prudencia), los brasileños quieren ser todo eso que entienden que debe ser su país y lo quieren ya, ahora. Y no hay medias tintas, nos hallamos ante el todo o la nada, no se contempla el progreso parcial más que como una frustración de expectativas.

Una buena fotografía de situación la describía El País ayer mismo http://internacional.elpais.com/internacional/2013/06/29/actualidad/1372527873_207944.html

Y la pregunta es: ¿ Pueden las protestas acabar derribando un gobierno como el de Rousseff y sustituirlo por algo mejor? ¿ Hay de verdad alternativa a la evolución social progresiva? Obviamente yo pienso que no; más bien creo que todo esto puede acabar provocando la llegada al  poder de propuestas y personajes populistas que prometan un mañana hoy...y que acaben siendo una pesadilla.

No voy a afirmar como Hans Jonas que "el verdadero opio del pueblo es la utopía", pero sí creo que el no mirar hacia atrás cada cierto tiempo para recordar de dónde venimos, nos puede acabar haciendo perder la referencia de dónde estamos. Si medimos el bienestar de 0 a 100, no creo que el diagnóstico deba ser el mismo para las sociedades que en los últimos años han pasado por ejemplo del 0 al 35, que para aquéllas que se han quedado en su 50 inicial, o para las otras que de 80 han descendido a 60.

Nos hallamos en un mundo con la información globalizada y multifuente. En muchas ocasiones se pone el acento en dónde les interesa a determinados colectivos o individuos emisores y se minimiza el reverso; en muchas otras se sesga parte de la realidad; y en algunas, directamente se falsea, confiando en la dificultad de contraste o en la falta de credibilidad de las fuentes oficiales o "tradicionales".

Se genera entonces precisamente eso, anhelo de esa Arcadia ideal que está al alcance de la mano, que sólo tenemos que extender los dedos para coger.; tan solo hay que derribar esos últimos muros de las élites tradicionales que nos han tenido encerrados en la cueva durante demasiado tiempo.

Cada sociedad tiene su ideal arquetípico. Aquí durante mucho tiempo la bandera islandesa era portada en las manifestaciones, del mismo modo que las banderas rojas en la Comuna de París. Queríamos ser Islandia, obviando nuestras propias características...¡y sobre todo las suyas!

La realidad es compleja y precisamente la esencia del sistema democrático es la transacción. No creo en el éxito a largo plazo de movimientos desestructurados y maximalistas. La desorganización sólo beneficia a las oligarquías a las que se quiere combatir y que precisamente están organizadas. La ausencia de proporcionalidad puede hacer perder oportunidades de avance real, en esa mezcla de lucha y negociación posterior a la que hemos venido en llamar progreso.

No creo que dar al gobierno de Rousseff el mismo tratamiento que a Hosni Mubarak sea justo y lo que es más importante, no creo que sea útil. Solo espero que el movimiento devenga en una interlocución válida con el gobierno y que sirva para aumentar el ritmo de los avances, no para acabar rajando en canal la gallina de los huevos de oro.

1 comentario:

  1. Hay que aprovechar el momento y ninguno mejor que la celebración de ese campeonato de fútbol (ignoro do nominación exacta, pero es obvia su importancia mediática) Y si hay dinero para organizar esa fiesta el pueblo lo quiere (necesita) para seguir con los avances sociales ya iniciados. Supongo.

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