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domingo, 22 de diciembre de 2019

DÌAS DE TELE



Era ya su segunda cita y no quería estropearlo esta vez. En la primera ocasión, le había tocado como pareja un “siniestro” y cuando todo parecía avanzar en la dirección adecuada, acabó por frustrarse. Fue una cena en la que su cita le había desgranado la serie completa de referencias culturales que formaban el epicentro de su vida; cosas que él, ni entendía ni le preocupaban lo más mínimo. Pero le veía tan sincero -era el rasgo que más apreciaba en las personas- que astutamente había optado por alabar uno tras otro sus gustos, lo que al otro le animaba a hablar cada vez más. Tampoco es que le gustara ni su aspecto ni su forma de vestir, pero es que esa sinceridad (la del otro) era irresistible.

Fue cuando pasaron al “confesionario” que aquello se fue al garete. Todo empezó bien, danzaban al ritmo de unos alaridos propios de matanza de San Martín, una pieza que su pareja había elegido especialmente para ese momento; sus cuerpos cada vez se acercaban más y él calculaba ya mentalmente el ángulo que debería tomar para poder alcanzar los labios del otro (a través de la armadura de piercings que protegía su boca). Y entonces él se agobió con tanta penumbra y preguntó en alto al “súper” si podrían subir un poco la luz. Como un resorte su cita se separó de él, airado y farfullando juramentos. Para él era una especie de ofensa, por lo visto, que un amante de la luz siquiera pretendiera tocarle. Y allí se terminó todo.

Pero aquí estaba otra vez. Cuando pensaba ya que el amor era una estación lejana por la que su tren había pasado a alta velocidad, ahí estaba su querida televisión, pronta para darle otra oportunidad. Esta vez le había tocado una chica y a ella también le gustaba hablar y hablar. Era además muy profunda. Decía cosas como que “el mundo conspira para que consigas tus sueños”, o como “cree en ti y cualquier cosa será posible”. Todo le sonaba muy bien. Ella decía que su filósofo favorito era un brasileño de cuyo nombre él se olvidó enseguida. Él, como de costumbre, hablaba poco y observaba, presto a ir afirmando cada oportunidad a su alcance para afianzar la cita.

- Bueno, ¿Qué tal? ¿Qué te parece Yenni?  - le preguntó el súper cuando, emocionado, se fue tras 10 minutos de cena a desahogarse al confesionario.

- Maravillosa, la veo una chica muy sincera-. La sinceridad era lo importante y era una cosa que se percibía con las primeras frases. Eso era lo que él veía que remarcaban siempre los participantes en las citas.

Cuando volvió a la mesa, Yenni tecleaba en su teléfono. Él no dejó de admirarse de lo cada vez más grandes que eran las fundas de móvil. Aquella lo era tanto, que parecía una proeza sostener el teléfono solo con dos manos. No menor hazaña debía de ser alcanzar la tecla deseada en la pantalla, teniendo en cuenta aquellas uñas de fantasía que le hacían tener que escribir a cierta distancia para poder maniobrar con los dedos. Él se sentó en la mesa y dejó que terminara lo que estaba haciendo, observándola con una sonrisa en la boca. Ella se dirigió a él de repente.

- Mira, he subido una foto tuya y un audio con mis impresiones a “Glimpsetalk” y los comentarios no son muy buenos. Estaba ahora discutiendo con una de mis mejores followers y no lo ve. Y yo, la verdad, tampoco. Me voy a levantar ahora mismo y voy a subir un selfie con una de mis frases favoritas: “No te impacientes. Como dijo el camellero: como a la hora de comer”. Lo siento.

Y con ello, se metió en la boca una última cucharada de pudding y se alejó de allí masticando. Él se quedó desolado una vez más, llorando, mientras el súper se acercaba a su mesa y le cubría los hombros en un abrazo.


Qué cerca había estado y que efímera es la gloria. Fortuna imperatrix mundi. Años de preparación y estudio, años de ensayos, semanas de castings... Ella sola frente al roscón, el sueño de su vida. Aquello para lo que había nacido y para lo que su vida tenía sentido. Y esa última pregunta para conseguirlo o perderlo todo.

- Con la A, medio de locomoción a ruedas y con motor de explosión.

Se había quedado bloqueada.

- Aaaaaaaa....aaaaaa....

- Se acaba el tiempo, es la última letra y hay que responder.

- Aaaaaaa

- ¡Vamos!

- Aaaaaa... ¡AMOTO!

Se le vino el mundo encima. No era perder, eran las risas del público, las carcajadas del presentador -que con un hilo de voz entrecortada consiguió contestar al fin “automóvil”-. Bajó del púlpito donde estaba a toda prisa y se retorció un tobillo con el tacón, lo que no le importó para salir corriendo del plató. No le importó nada que los regidores le insistieran en que se quedara al menos hasta la publicidad. Ni recordaba cómo había vuelto a su casa (bueno, a la de sus padres, con quienes vivía). Tras recibir las condolencias de sus progenitores y comprobar que redes y televisiones estaban inundadas con su “minuto de gloria”, optó por encerrarse en su habitación y desconectar cada aparato de comunicación. Hasta su querida televisión. Y a llorar.

- Hija, sal a dar un paseo, que hoy además está nevando y está todo muy bonito. Así ves la decoración navideña rococó-abelina que ha puesto este año el Ayuntamiento.

Seguía hundida, pero la verdad es que ya eran muchos días tirada en su habitación. Finalmente, a media tarde, decidió salir a dar una vuelta. Al fin y al cabo, entre tanta gente y con un gorro y una bufanda bien calados, era difícil que nadie la reconociera. Salió así a la calle y se dirigió al centro, atestado cuando lo alcanzó. Nevaba suavemente y la noche ya iba cayendo antes de que uno se diera cuenta de ello, como siempre ocurre en fechas invernales. Una gran pantalla dominaba la plaza, por ella iban pasando videos de anuncios y curiosidades. Se le revolvió el estómago cuando repentinamente pasaron un “gif” del momento de su tropezón al torcerse el tobillo, presidido con un emoticono de sonrisa y un “hastag”: #AMOTO.

Se quedó mirando la imagen, paralizada, y tras unos segundos ésta al fin cambió. Se embutió entonces aún más el gorro en la cabeza (era uno de esos con pompón) y aceleró el paso, sin ninguna dirección preconcebida. Las luces de Navidad ya estaban encendiéndose y la claridad era notable. Pasó al lado de una tienda de electrodomésticos y se detuvo a mirar el escaparate. Era inútil rechazarlo, era ver una televisión y no poder separar la mirada.

Por la tele estaban pasando “First Mates”, el programa ese de citas a ciegas alrededor de una mesa, decano de la televisión. La verdad es que era una de las colecciones más curiosas que se podía ver en la tele. Lo era tanto, que era hasta divertido verlo así, sin sonido, solo contemplando la extravagancia estética y los gestos de muchos de los participantes.

No pasado más de un minuto, le pareció percibir sollozos, entre tanta música y jolgorio callejeros. Miró justo a su lado y vio cómo un chico, de apariencia frágil, lloraba y lloraba mientras no apartaba la vista de las televisiones. A ella se le removió algo por dentro.

- No estés triste- le dijo, y se acercó a él hasta tocar con su hombro el suyo.

Él la observó con sus ojos empapados y ella lo hizo a su vez, cruzándose sus respectivas miradas. En un arrebato y sin saber por qué, ella tomó su enguantada mano con la suya , también enguantada.

- Me pareces muy sincera, me gusta la gente sincera. - Le dijo él.

Ella asintió, apretando aún más su mano en la suya, y ambos volvieron a mirar el escaparate. Él había dejado de llorar y apoyó su cabeza en el hombro de ella. Y así se quedaron.

Los villancicos seguían sonando y las luces navideñas competían ya con el mismo sol.








jueves, 20 de diciembre de 2018

BLANCA (Y FRÍA) NAVIDAD



No pudo evitar acercarse, le venció la curiosidad. La noche era ya cerrada y pese a estar terminándose diciembre, le daban ganas de quitarse el abrigo debido a lo templado de la temperatura. Al doblar la esquina, pudo empezar a vislumbrar ese grupo vociferando una mezcla de consignas y gruñidos, sosteniendo pancartas: “BASTA DE SUDVENCIONES A LAS FEMINAZIS”, “ETRURIA UNA Y NO TROPECIENTAS”, “ME DUELE LA BARRIGA” …

Apenas eran algo más de un centenar, apiñados por las fuerzas del orden justo enfrente del teatro, al tiempo que separados de la gente que comenzaba a entrar en el mismo. Ahí las reacciones eran de todo tipo: quienes entraban aprisa sin apenas mirar, quienes ralentizaban el paso observando con curiosidad etológica y alguno/a, que directamente se encaraba a escasos metros y se dedicaba a devolver gritos o gestos obscenos. Los guardias se apresuraban a conminar a estos a entrar en el espectáculo y no dar más la barrila, mientras los de enfrente rugían, siempre primariamente reactivos a los estímulos del entorno.

Todo había empezado bastante a lo tonto. Se cumplía el nosecuantos aniversario de la Ley de Pastos y como es lógico, las autoridades del país pretendían celebrarlo por todo lo alto. Para ello la Duma Etrusca organizó, entre otras cosas, un concierto en el claustro de un importante museo de la capital. Todo estaba dispuesto en la sala: las máximas autoridades del país, invitados internacionales -entre los que destacaba el arcipreste de Luxemburgo- y un recital de chelo a cargo del virtuoso etrusco Catón Rostropóvich. Fue al entrar en la sala cuando el maestro, ya algo entrado en años, tropezó con un pliegue de la alfombra y cayó encima de las banderas que presidían el acto. Azorada, la organización se apresuró a levantar al músico mientras recomponía la disposición de las banderas, siendo todo ello retransmitido en directo por las cámaras de las televisiones del país. Pasado el susto, el concierto se reanudó sin más incidencia.

Nadie le dio importancia, hasta que al día siguiente apareció una columna de opinión en un medio digital, en la que un conocido prescriptor se preguntaba cómo era posible que tras haber sido derribada la enseña nacional etrusca, el concierto hubiera seguido como si nada. El artículo fue inmediatamente archirretuiteado en redes sociales y ese mismo día la reflexión se fue haciendo eco en otros referentes mediáticos (de un determinado espectro ideológico), cada vez subiendo más el tono de sus apreciaciones. Fue al día siguiente cuando el líder del Partido Conservador de Etruria (PCE), se sintió obligado a solicitar al maestro Rostropóvich “que pidiera perdón a los etruscos”.

Fue solo un día más tarde cuando en un mitin de POX (Partido Orco -la X es una eventual falta de ortografía-), se hizo una llamada al boicot a toda la música de cuerda, mientras el conducator concluía: “si quieres los violines, llévalos a tu casa”.
No tuvo el músico siquiera la solidaridad de los separatistas romanos (“al fin y al cabo siempre ha tocado en etrusco, aunque fuera el violín”), o del superprogresista Partido Ofendido (PO, al que solo la X separaba, en el acrónimo, del Partido Orco), que reprochó al artista haberse derrumbado sin sensibilidad alguna para con las minorías.


En fin, allí estaba la horda, reunida frente al teatro en el que Rostropóvich se disponía a actuar, y a punto de haber conseguido suspender el concierto. Para muchos de aquellos seres se podía adivinar que aquella era su primera aproximación a la música clásica, de momento de carácter meramente geográfica.

Mientras nuestra protagonista se iba aproximando, ya muy cerca del grupo, pudo observarlos más de cerca. Esas caras en tensión, esos ojos rojos de ira, esa expresividad gutural. Pudo vislumbrar alguna otra pancarta: “ROSTROPOVIS AL PAREDÓN”, “SAURON NO SE TOCA”, “QUEREMOS VOTAR, AUNQUE NO NOS GUSTE ESO DE LA DEMOCRACIA (QUE ES COSA DE GRIEGOS)”, “¿ME DA LA HORA?” …

Nuestra observadora superó finalmente su aprensión y se acercó a escasos centímetros de la horda, llamando la atención de uno de ellos, que se volvió a mirarla con ojos inyectados. El sujeto estaba fuera de sí, los ojos rojos saliéndosele de las cuencas.

-          ¿No les parece un poco exagerado todo esto? - inquirió ella.
-          ¡¡¡¡¡A LA COCINA!!!!, ¡¡¡¡¡SI NO TE GUSTA ETRURIA, VETE DE MORDOOOOOORRR!!!!- le respondió el sujeto, con un timbre decibélico tan elevado como desagradable (los espumarajos que le salían de la boca, lo eran aún más).

Un policía la agarró con fuerza del hombro, empujándola hacia fuera, al tiempo que le impelía a separarse de allí. En buena hora, porque el resto comenzó a sumarse al coro de invectivas, cada vez más agresivas y zafias.

Se situó a una distancia prudencial desde entonces, junto con otros viandantes que también observaban la escena. Reflexionaba ella, viendo el triste espectáculo, cómo alguna gente era capaz de llegar a sustituir el mismo aire que respiraba, por odio en cualquiera de sus estados. También trataba de imaginar cómo sería un lugar poblado únicamente por tipos como los de esa turbamulta, de cumplir con esa invitación de que, de no gustarte ellos, te fueras del país. Y mientras pensaba estas y otras cosas, fue poniéndose el abrigo porque la noche se estaba poniendo repentinamente fría. Un copo de nieve le cayó en la nariz, sorprendiéndola, y enseguida una copiosa nevada cayó en la ciudad.

Casi sin darle tiempo a pensar nada más, escuchó un sonido de campanillas aproximándose, como desde el cielo. Cuando todo el mundo miró hacia arriba, vieron pasar velozmente sobre sus cabezas un trineo volador, al que apenas divisaron su trasera al alejarse. Un “¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡JO, JOO, JOOOOOOO!!!!!!!!!!!!” retumbó como un trueno mientras desaparecía. 
Al bajar todos la vista, pudieron ver cómo el entero grupo de manifestantes era un gran bloque de hielo inanimado. Paralizados ellos, el silencio más absoluto se hizo en la calle.

Un milagro de la Navidad.