martes, 18 de febrero de 2020
Inteligencia Artificial: Nos jugamos el futuro.
Comparto, mediante enlace, la columna publicada la semana pasada en el diario digital Huffington Post:
https://www.huffingtonpost.es/entry/inteligencia-artificial-nos-jugamos-el-futuro_es_5e459c8ac5b67894f80d6d23
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martes, 14 de enero de 2020
Salvar a la derecha democrática
Comparto un enlace a la web del diario digital Huffington Post:
https://www.huffingtonpost.es/entry/salvar-a-la-derecha-democratica_es_5e15fec3c5b66361cb5e0b17
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lunes, 6 de enero de 2020
Estado de derecho
Adjunto enlace a la columna de opinión que publiué a finales de diciembre en el Huffington Post:
https://www.huffingtonpost.es/entry/estado-de-derecho_es_5e02560be4b05b08babb4512
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domingo, 22 de diciembre de 2019
DÌAS DE TELE
Era ya
su segunda cita y no quería estropearlo esta vez. En la primera ocasión, le
había tocado como pareja un “siniestro” y cuando todo parecía avanzar en la
dirección adecuada, acabó por frustrarse. Fue una cena en la que su cita le
había desgranado la serie completa de referencias culturales que formaban el
epicentro de su vida; cosas que él, ni entendía ni le preocupaban lo más
mínimo. Pero le veía tan sincero -era el rasgo que más apreciaba en las
personas- que astutamente había optado por alabar uno tras otro sus gustos, lo
que al otro le animaba a hablar cada vez más. Tampoco es que le gustara ni su
aspecto ni su forma de vestir, pero es que esa sinceridad (la del otro) era
irresistible.
Fue
cuando pasaron al “confesionario” que aquello se fue al garete. Todo empezó
bien, danzaban al ritmo de unos alaridos propios de matanza de San Martín, una
pieza que su pareja había elegido especialmente para ese momento; sus cuerpos
cada vez se acercaban más y él calculaba ya mentalmente el ángulo que debería
tomar para poder alcanzar los labios del otro (a través de la armadura de
piercings que protegía su boca). Y entonces él se agobió con tanta penumbra y preguntó
en alto al “súper” si podrían subir un poco la luz. Como un resorte su cita se
separó de él, airado y farfullando juramentos. Para él era una especie de
ofensa, por lo visto, que un amante de la luz siquiera pretendiera tocarle. Y
allí se terminó todo.
Pero
aquí estaba otra vez. Cuando pensaba ya que el amor era una estación lejana por
la que su tren había pasado a alta velocidad, ahí estaba su querida televisión,
pronta para darle otra oportunidad. Esta vez le había tocado una chica y a ella
también le gustaba hablar y hablar. Era además muy profunda. Decía cosas como
que “el mundo conspira para que consigas
tus sueños”, o como “cree en ti y
cualquier cosa será posible”. Todo le sonaba muy bien. Ella decía que su
filósofo favorito era un brasileño de cuyo nombre él se olvidó enseguida. Él,
como de costumbre, hablaba poco y observaba, presto a ir afirmando cada
oportunidad a su alcance para afianzar la cita.
-
Bueno, ¿Qué tal? ¿Qué te parece Yenni? -
le preguntó el súper cuando, emocionado, se fue tras 10 minutos de cena a
desahogarse al confesionario.
-
Maravillosa, la veo una chica muy sincera-. La sinceridad era lo importante y
era una cosa que se percibía con las primeras frases. Eso era lo que él veía
que remarcaban siempre los participantes en las citas.
Cuando
volvió a la mesa, Yenni tecleaba en su teléfono. Él no dejó de admirarse de lo
cada vez más grandes que eran las fundas de móvil. Aquella lo era tanto, que
parecía una proeza sostener el teléfono solo con dos manos. No menor hazaña
debía de ser alcanzar la tecla deseada en la pantalla, teniendo en cuenta
aquellas uñas de fantasía que le hacían tener que escribir a cierta distancia para
poder maniobrar con los dedos. Él se sentó en la mesa y dejó que terminara lo
que estaba haciendo, observándola con una sonrisa en la boca. Ella se dirigió a
él de repente.
- Mira,
he subido una foto tuya y un audio con mis impresiones a “Glimpsetalk” y los comentarios no son muy buenos.
Estaba ahora discutiendo con una de mis mejores followers y no lo ve. Y yo, la
verdad, tampoco. Me voy a levantar ahora mismo y voy a subir un selfie con una
de mis frases favoritas: “No te impacientes.
Como dijo el camellero: como a la hora de comer”. Lo siento.
Y con
ello, se metió en la boca una última cucharada de pudding y se alejó de allí
masticando. Él se quedó desolado una vez más, llorando, mientras el súper se
acercaba a su mesa y le cubría los hombros en un abrazo.
Qué
cerca había estado y que efímera es la gloria. Fortuna imperatrix mundi. Años de preparación y estudio, años de
ensayos, semanas de castings... Ella sola frente al roscón, el sueño de su
vida. Aquello para lo que había nacido y para lo que su vida tenía sentido. Y
esa última pregunta para conseguirlo o perderlo todo.
- Con
la A, medio de locomoción a ruedas y con motor de explosión.
Se
había quedado bloqueada.
-
Aaaaaaaa....aaaaaa....
- Se
acaba el tiempo, es la última letra y hay que responder.
-
Aaaaaaa
- ¡Vamos!
-
Aaaaaa... ¡AMOTO!
Se le vino
el mundo encima. No era perder, eran las risas del público, las carcajadas del
presentador -que con un hilo de voz entrecortada consiguió contestar al fin
“automóvil”-. Bajó del púlpito donde estaba a toda prisa y se retorció un
tobillo con el tacón, lo que no le importó para salir corriendo del plató. No
le importó nada que los regidores le insistieran en que se quedara al menos
hasta la publicidad. Ni recordaba cómo había vuelto a su casa (bueno, a la de
sus padres, con quienes vivía). Tras recibir las condolencias de sus
progenitores y comprobar que redes y televisiones estaban inundadas con su
“minuto de gloria”, optó por encerrarse en su habitación y desconectar cada
aparato de comunicación. Hasta su querida televisión. Y a llorar.
- Hija,
sal a dar un paseo, que hoy además está nevando y está todo muy bonito. Así ves
la decoración navideña rococó-abelina que ha puesto este año el Ayuntamiento.
Seguía
hundida, pero la verdad es que ya eran muchos días tirada en su habitación.
Finalmente, a media tarde, decidió salir a dar una vuelta. Al fin y al cabo,
entre tanta gente y con un gorro y una bufanda bien calados, era difícil que
nadie la reconociera. Salió así a la calle y se dirigió al centro, atestado
cuando lo alcanzó. Nevaba suavemente y la noche ya iba cayendo antes de que uno
se diera cuenta de ello, como siempre ocurre en fechas invernales. Una gran
pantalla dominaba la plaza, por ella iban pasando videos de anuncios y
curiosidades. Se le revolvió el estómago cuando repentinamente pasaron un “gif”
del momento de su tropezón al torcerse el tobillo, presidido con un emoticono
de sonrisa y un “hastag”: #AMOTO.
Se
quedó mirando la imagen, paralizada, y tras unos segundos ésta al fin cambió. Se
embutió entonces aún más el gorro en la cabeza (era uno de esos con pompón) y
aceleró el paso, sin ninguna dirección preconcebida. Las luces de Navidad ya
estaban encendiéndose y la claridad era notable. Pasó al lado de una tienda de
electrodomésticos y se detuvo a mirar el escaparate. Era inútil rechazarlo, era
ver una televisión y no poder separar la mirada.
Por la
tele estaban pasando “First Mates”, el programa ese de citas a ciegas alrededor
de una mesa, decano de la televisión. La verdad es que era una de las
colecciones más curiosas que se podía ver en la tele. Lo era tanto, que era
hasta divertido verlo así, sin sonido, solo contemplando la extravagancia
estética y los gestos de muchos de los participantes.
No pasado más de un minuto, le pareció percibir sollozos, entre tanta música y jolgorio callejeros. Miró justo a su lado y vio cómo un chico, de apariencia frágil, lloraba y lloraba mientras no apartaba la vista de las televisiones. A ella se le removió algo por dentro.
- No
estés triste- le dijo, y se acercó a él hasta tocar con su hombro el suyo.
Él la
observó con sus ojos empapados y ella lo hizo a su vez, cruzándose sus
respectivas miradas. En un arrebato y sin saber por qué, ella tomó su
enguantada mano con la suya , también enguantada.
- Me
pareces muy sincera, me gusta la gente sincera. - Le dijo él.
Ella
asintió, apretando aún más su mano en la suya, y ambos volvieron a mirar el
escaparate. Él había dejado de llorar y apoyó su cabeza en el hombro de ella. Y
así se quedaron.
Los
villancicos seguían sonando y las luces navideñas competían ya con el mismo sol.
lunes, 16 de diciembre de 2019
Cultura transatlántica
Comparto aquí enlace a un artículo que publiqué la pasada semana en el Huffington Post:
https://www.huffingtonpost.es/entry/cultura-transatlantica_es_5df18f22e4b06a50a2e9b7d0
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lunes, 2 de diciembre de 2019
EL TAMAÑO IMPORTA
Comparto enlace de la columna publicada en el Hufington Post España
https://www.huffingtonpost.es/entry/el-tamano-importa_es_5dded794e4b0d50f329bbe79
miércoles, 20 de noviembre de 2019
Cartillas de racionamiento
Dejo aquí enlace al artículo que publiqué la pasada semana en el Huffington Post España:
https://www.huffingtonpost.es/entry/cartillas-de-racionamiento_es_5dcda94de4b06a60957cfe7d
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miércoles, 30 de octubre de 2019
JUNCKER SE VA, NOS QUEDA EL BREXIT
Dejo aquí enlace al artículo que publiqué la pasada semana en el Huffington Post España:
https://www.huffingtonpost.es/entry/juncker-ser-va-nos-queda-el-brexit_es_5daf7a03e4b08cfcc3240555
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TRANSPARENCIA FISCAL EN EUROPA
Dejo aquí un enlace al artículo publicado en el Huffington Post este 10 de octubre:
https://www.huffingtonpost.es/entry/transparencia-fiscal-en-europa_es_5d9db034e4b06ddfc5110c57
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miércoles, 25 de septiembre de 2019
PROTEGER EL ESTILO DE VIDA EUROPEO
Dejo aquí enlace a la columna que publiqué ayer en el Huffington:
https://www.huffingtonpost.es/entry/proteger-el-estilo-de-vida-europeo_es_5d890aa3e4b0938b59326f4a
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ursula von der leyen
domingo, 15 de septiembre de 2019
Enlazo aquí el último texto que he publicado en el Huffington Post España:
https://www.google.com/amp/s/m.huffingtonpost.es/amp/entry/europe-calling_es_5d72a1f9e4b0fde50c26001a/
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jueves, 20 de diciembre de 2018
BLANCA (Y FRÍA) NAVIDAD
No pudo evitar acercarse, le venció la curiosidad. La noche
era ya cerrada y pese a estar terminándose diciembre, le daban ganas de
quitarse el abrigo debido a lo templado de la temperatura. Al doblar la esquina,
pudo empezar a vislumbrar ese grupo vociferando una mezcla de consignas y
gruñidos, sosteniendo pancartas: “BASTA DE SUDVENCIONES A LAS FEMINAZIS”, “ETRURIA
UNA Y NO TROPECIENTAS”, “ME DUELE LA BARRIGA” …
Apenas eran algo más de un centenar, apiñados por las
fuerzas del orden justo enfrente del teatro, al tiempo que separados de la
gente que comenzaba a entrar en el mismo. Ahí las reacciones eran de todo tipo:
quienes entraban aprisa sin apenas mirar, quienes ralentizaban el paso
observando con curiosidad etológica y alguno/a, que directamente se encaraba a
escasos metros y se dedicaba a devolver gritos o gestos obscenos. Los guardias
se apresuraban a conminar a estos a entrar en el espectáculo y no dar más la
barrila, mientras los de enfrente rugían, siempre primariamente reactivos a los
estímulos del entorno.
Todo había empezado bastante a lo tonto. Se cumplía el
nosecuantos aniversario de la Ley de Pastos y como es lógico, las autoridades
del país pretendían celebrarlo por todo lo alto. Para ello la Duma Etrusca organizó,
entre otras cosas, un concierto en el claustro de un importante museo de la
capital. Todo estaba dispuesto en la sala: las máximas autoridades del país,
invitados internacionales -entre los que destacaba el arcipreste de Luxemburgo-
y un recital de chelo a cargo del virtuoso etrusco Catón Rostropóvich. Fue al entrar
en la sala cuando el maestro, ya algo entrado en años, tropezó con un pliegue
de la alfombra y cayó encima de las banderas que presidían el acto. Azorada, la
organización se apresuró a levantar al músico mientras recomponía la
disposición de las banderas, siendo todo ello retransmitido en directo por las
cámaras de las televisiones del país. Pasado el susto, el concierto se reanudó
sin más incidencia.
Nadie le dio importancia, hasta que al día siguiente
apareció una columna de opinión en un medio digital, en la que un conocido
prescriptor se preguntaba cómo era posible que tras haber sido derribada la
enseña nacional etrusca, el concierto hubiera seguido como si nada. El artículo
fue inmediatamente archirretuiteado en redes sociales y ese mismo día la
reflexión se fue haciendo eco en otros referentes mediáticos (de un determinado
espectro ideológico), cada vez subiendo más el tono de sus apreciaciones. Fue
al día siguiente cuando el líder del Partido Conservador de Etruria (PCE), se
sintió obligado a solicitar al maestro Rostropóvich “que pidiera perdón a los etruscos”.
Fue solo un día más tarde cuando en un mitin de POX (Partido
Orco -la X es una eventual falta de ortografía-), se hizo una llamada al boicot
a toda la música de cuerda, mientras el conducator
concluía: “si quieres los violines, llévalos a tu casa”.
No tuvo el músico siquiera la solidaridad de los
separatistas romanos (“al fin y al cabo siempre ha tocado en etrusco, aunque
fuera el violín”), o del superprogresista Partido Ofendido (PO, al que solo la
X separaba, en el acrónimo, del Partido Orco), que reprochó al artista haberse
derrumbado sin sensibilidad alguna para con las minorías.
En fin, allí estaba la horda, reunida frente al teatro en el
que Rostropóvich se disponía a actuar, y a punto de haber conseguido suspender
el concierto. Para muchos de aquellos seres se podía adivinar que aquella era
su primera aproximación a la música clásica, de momento de carácter meramente
geográfica.
Mientras nuestra protagonista se iba aproximando, ya muy
cerca del grupo, pudo observarlos más de cerca. Esas caras en tensión, esos
ojos rojos de ira, esa expresividad gutural. Pudo vislumbrar alguna otra
pancarta: “ROSTROPOVIS AL PAREDÓN”, “SAURON NO SE TOCA”, “QUEREMOS VOTAR,
AUNQUE NO NOS GUSTE ESO DE LA DEMOCRACIA (QUE ES COSA DE GRIEGOS)”, “¿ME DA LA
HORA?” …
Nuestra observadora superó finalmente su aprensión y se
acercó a escasos centímetros de la horda, llamando la atención de uno de ellos,
que se volvió a mirarla con ojos inyectados. El sujeto estaba fuera de sí, los
ojos rojos saliéndosele de las cuencas.
-
¿No les parece un poco exagerado todo esto? -
inquirió ella.
-
¡¡¡¡¡A LA COCINA!!!!, ¡¡¡¡¡SI NO TE GUSTA ETRURIA,
VETE DE MORDOOOOOORRR!!!!- le respondió el sujeto, con un timbre decibélico tan
elevado como desagradable (los espumarajos que le salían de la boca, lo eran
aún más).
Un policía la agarró con fuerza del hombro, empujándola
hacia fuera, al tiempo que le impelía a separarse de allí. En buena hora,
porque el resto comenzó a sumarse al coro de invectivas, cada vez más agresivas
y zafias.
Se situó a una distancia prudencial desde entonces, junto
con otros viandantes que también observaban la escena. Reflexionaba ella,
viendo el triste espectáculo, cómo alguna gente era capaz de llegar a sustituir
el mismo aire que respiraba, por odio en cualquiera de sus estados. También
trataba de imaginar cómo sería un lugar poblado únicamente por tipos como los
de esa turbamulta, de cumplir con esa invitación de que, de no gustarte ellos, te
fueras del país. Y mientras pensaba estas y otras cosas, fue poniéndose el
abrigo porque la noche se estaba poniendo repentinamente fría. Un copo de nieve
le cayó en la nariz, sorprendiéndola, y enseguida una copiosa nevada cayó en la
ciudad.
Casi sin darle tiempo a pensar nada más, escuchó un sonido
de campanillas aproximándose, como desde el cielo. Cuando todo el mundo miró
hacia arriba, vieron pasar velozmente sobre sus cabezas un trineo volador, al
que apenas divisaron su trasera al alejarse. Un “¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡JO, JOO, JOOOOOOO!!!!!!!!!!!!”
retumbó como un trueno mientras desaparecía.
Al bajar todos la vista, pudieron ver cómo el entero grupo
de manifestantes era un gran bloque de hielo inanimado. Paralizados ellos, el
silencio más absoluto se hizo en la calle.
Un milagro de la Navidad.
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jueves, 17 de mayo de 2018
GRACIAS, ANDRÉS INIESTA
Comparto aquí enlace al artículo que publiqué en El Periódico de Cataluña: https://www.elperiodico.com/es/opinion/20180504/gracias-andres-iniesta-por-iban-garcia-del-blanco-6800589
viernes, 22 de diciembre de 2017
EL MONO
No tenía que haberlo hecho. Ni siquiera sé cómo acabé en el
taller y cómo puede ser posible que estuviera tan vacío. Desde que entré en el
Arqueológico todo se difumina hasta hallarme ante esas piezas en restauración. Allí
estaban los cuatro tarros con esa tapadera tan singular y vistosa, reposando en
una mesa de trabajo. El halcón, el chacal, el “cabezón” y sí, el babuino. ¿Por
qué tenía que haber un babuino? Desde siempre tuve fascinación con los monos,
quizá rasgo de alguna mutación que se quedó por culminar en mi línea genética.
“Vasos canopos, Dinastía XXII, 943 A.C.”, rezaba un papel
escrito a mano apresuradamente, que se hallaba justo a su lado. El mono me
miraba, juro que me miraba y que era como una invitación. Hasta creí percibirle
un guiño, acompañado por una mueca que me tentaba a acercarme. No pudiendo sino
abandonarme a la imperiosa curiosidad que de repente aprisionaba todos mis
sentidos, me acerqué. Observaba los vasos desde arriba y ahora, el de la cabeza
de mono volvía a parecer del todo inanimado. Tomé la cabeza del babuino,
destapando el recipiente, y sin mirar, metí la mano.
Lo que era esa masa sanguinolenta no lo sé, tan solo me
dominaba el tacto repugnante entre mis dedos. “¿Pero estos tipos no se suponía que momificaban todas estas porquerías?”,
todavía acerté a pensar. Y ahí, delante de mí mientras todo comenzaba a dar
vueltas, se perfilaba un babuino de tamaño completo; se reía haciendo aspavientos
y con un tono propio de malvado de cine de serie B. Su carcajada dominaba la
estancia y todo se tornaba evanescente.
Todo cambió a mi alrededor. Aquello era una fiesta y todo el
mundo cantaba y brindaba. Alguien puso en mi mano una copa de espumoso, antes
de que pudiera tomarme unos segundos para reflexionar dónde me hallaba. “¡El 128, el 128…!”,
repetía todo el mundo al ritmo de una cadencia determinada. “¡El 128!”,
me gritó a unos centímetros de mi cara aquel tipo trajeado, alto y desgarbado. “¡El 128, ja, ja, ja!”, repitió
mientras la canción continuaba. Conseguí echar un vistazo a mi alrededor y
localicé al fondo, presidiéndolo todo, una gran pancarta que rezaba
“Constitución Española”. “Pues claro!”, pensé,
“han pasado unas horas y hoy ya es 6 de
Diciembre, el Día de la Constitución…”.
¿Pero qué pintaba yo aquí? ¿Cómo había llegado desde que me
sintiera desfallecer en el taller de restauración del MAN? “¡El 128, el 128…!”, continuaban salmodiando todos como en trance,
mientras sonaba una sencilla melodía.
“¡El 128!”, me espetó ahora una señora de punta en blanco, exhalando un
aliento que muy indiscretamente revelaba una velada con una abundante dosis de
cava. ¿Pero qué coño es eso del 128? De repente me vino la luz: ¿el artículo
128 de la Constitución, no era ese de que la riqueza nacional estaba supeditada
al interés general?
No bien me vino este pensamiento, un impulso irresistible me
hizo volver la mirada de nuevo hacia donde estaba la pancarta, donde acerté a
percibir ahora una especie de tarima en la que un tipo extrañamente peludo, pretendía
ejercer de maestro de ceremonias de la surrealista fiesta. Tocado con chaqué,
sentado de forma un tanto extraña, movía su varita de director mientras todos
habían comenzado a menearse al unísono, siguiendo su ritmo. Me miraba y se
reía, su extraña carcajada resaltaba sobre todo el ruido del surrealista
aquelarre constitucional. Un momento; no era una carcajada, eran gritos… ¡de
mono! Allí estaba, vestido de chaqué. Era el simio del museo y continuaba con
sus alaridos, mientras ahora se ponía a dar saltos y piruetas. Y todo se
tornaba negro.
- ¿Cuánto pesas? - inquiría una voz de barítono desde
la negrura.
-
¿Perdón, ya estamos con eso?
-
¿Cuánto pesa tu alma? - insistía la voz.
Aliviado por un momento por no tener que referir dato alguno
sobre mi mayor complejo, solo unos segundos después me di cuenta de que
hablábamos de mi eternidad. Fruslerías, vaya…
- No lo sé muy bien… ¿el alma pesa? -
La cara del babuino se materializó frente a mi vista,
gigantesca y como suspendida. Sus rasgos ahora no tenían expresión más allá de
su mirada, que se me clavó escrutadora. Tan intensa, que por un momento intenté
hacer ademán de taparme con los brazos (gesto fútil ante mi circunstancia
completamente incorpórea). Negrura y torbellino.
Me despierto en una barca amarrada a un muelle. Apenas soy
capaz de ponerme en pie sin caerme y alcanzar tierra firme, subiendo la
escalerilla aferrada al hormigón. Es de noche, pese a la claridad que
proporciona una luna llena y argentinamente refulgente. Miro el teléfono móvil
para ver la hora: 2 de la mañana ¡del 20 de diciembre! Qué extraño, ni una
llamada, ni un mensaje, ni un watts. No funciona nada, solo la hora y el
calendario. Miro a mi alrededor y un edificio destaca por encima de todo lo
demás, ya sé dónde estoy. No sé cómo puedo haber llegado aquí, ni qué ha
ocurrido en estos días. La torre es fálicamente (lo siento) inconfundible,
iluminada por barras rojas y amarillas… ¿cuántas son? Cada vez que parpadeo me
parece un número diferente…
Camino hacia el centro de Barcelona, todo está lleno de
carteles y papeletas diseminadas por el suelo. Parece que mañana hay elecciones
(esta frase se puede decir últimamente en Cataluña al azar y tener muchas
posibilidades de acertar), pero no hay ni un alma en la calle. Al menos podría
haber un taxi por las proximidades… Ni un ruido. Un momento, se acercan dos
tipos (chico y chica) y parece que discuten acaloradamente. Él, más vehemente,
hablaba en catalán y ella contestaba en castellano (lengua que utilizaré en este
texto, por más que se escape con ello algún matiz). No parecieron ni por un
momento reparar en mí y yo me cuidé mucho de importunarlos.
- ¡Te he dicho que por ahí no vamos bien! - Decía él,
el de la barretina roja en la cabeza.
- ¡Eso ya te lo he dicho yo, pero contigo nos
perderemos seguro! - Le contestaba ella.
-
¡Que no! -
- Pues dame una alternativa, tampoco me gusta a mí
mucho este camino, ya lo sabes. Siempre tenemos la misma discusión-
Y en esto, ambos se pararon, uno
frente al otro.
- Vamos a hacer una cosa- le dijo él. - Si soy
capaz de comerme ese gato muerto de ahí (señalando el cadáver de un minino en
el que no había reparado nadie hasta el momento) tomaremos el camino que a mí
más me apetezca. -
- ¡No digas estupideces! Pero bueno, si tienes
estómago…-
Ni corto ni perezoso, el de la barretina agarró el cadáver
felino y comenzó a masticarlo con fruición. Creo que no he visto nada más
asqueroso, pero a juzgar por las arcadas y aspavientos del que intentaba
masticar, éste compartía mi opinión. No obstante, continuaba con la tarea.
Su colega, en un principio reía estrepitosamente, mientras
le regalaba toda una serie de ánimos
burlescos para la tarea. Pero al poco, su semblante fue tornando poco a poco a
grave.
Cuando el de la barretina mediaba con gran dificultad la mitad de la
pieza, su compañera, demudado el rostro, pasó a inquirirle:
- -Para un momento. ¿Si me como yo la mitad que
falta, seguimos por donde veníamos?
El de la barretina apenas pudo hacer mucho más que asentir,
mientras trataba de limpiarse con las mangas los restos de su obra de la cara.
No bien le traspasó el despojo, la otra comenzó a deglutir aquella asquerosidad
con idéntico esfuerzo y aprensión. Y sí, fui testigo de cómo se terminaba esa
otra mitad y de cómo ambos, sin decirse nada, retomaban la senda que ninguno de
los dos quería recorrer. Y con un gato muerto comido por el camino.
Confieso que volví corriendo al muelle para, estirado en el
suelo, expulsar lo que ni sabía que tenía en el estómago. Una vez pasado lo
hipnótico de la escena, la repugnancia me sobrepasó. Cuando acerté a volver a
abrir los ojos y mirar, me di cuenta de que volvía a estar al lado de la barca
en la que me había despertado. Allí, estaba sentado un marinero muy especial.
Aprende- dijo el mono, justo antes de abalanzarse
sobre mi de un tremendo salto, acompañado por el chillido más agudo que he
escuchado en mi vida.
Cuando sentí unos colmillos clavarse en mi cuello, me
desmayé.
Me despierto ¿Por qué tuve que meter la mano allí? Cometí sin
duda un sacrilegio y ahora me van a perseguir más pesadillas egipcias que a
Brendan Fraser en toda la saga. Eso si consigo salir de este bucle. Ahora estoy
tumbado y rodeado de tipos escribiendo, todos con el pelo afeitado. Más que
reales, parecen escribas egipcios dibujados por Uderzo. Presidía la sala una
estatua con cuerpo humano y cabeza de pájaro, con un pico extrañamente curvado.
Sostenía en sus manos una balanza. Miré mi móvil: 24 de Diciembre, 12 de la
mañana.
- ¿Alguien me puede decir dónde estoy y cómo se
sale de aquí? - pregunté en alto mientras me levantaba.
No pareció que me hicieran el más mínimo aprecio, los
escribas continuaban afanosos lo que quiera que estuvieran transcribiendo.
Decidí dirigirme a la única puerta abierta que se veía al fondo de la
habitación.
No bien la traspasé, me encontré en la calle. Un viento
gélido me golpeó en la cara. Nevaba y yo comenzaba a tiritar. Estaba vestido
como me encontraba al principio en el museo, así que la falta de abrigo
amenazaba con dejarme tieso literalmente. Decidí comenzar a moverme a alguna
parte (un bar, una tienda), en busca de refugio momentáneo. Luego me
preocuparía de dónde estaba. No bien comencé a andar, se me abalanzó un policía
municipal:
-
- Ey amigo, ¿dónde se cree que va? ¿es que no
tiene civismo? -me espetó.
- ¿Per-per-done, agente? - balbuceé.
- No se haga el idiota, está caminando en sentido
prohibido y eso es una falta imperdonable. ¡IMPERDONABLE!-
- ¿Per-per-perdoneee?
-
Per-per-per…- me imitó el policía, mientras
hacía gestos burlones.
Y luego estaba esa risa que acompañaba toda la escena y que
no salía de nosotros. Esa risa, que provenía de un Papá Noel que justo al lado
movía una campana de arriba abajo. Esa risa no era humana y esa cara bajo la
barba blanca de artificio, tampoco. ¡El babuino! Olvidando al agente, fui
directo al Santa Claus de saldo y me encaré directamente. El mono dejó de reír
y me miró fijamente, como esperando. Y yo le dije lo único que en mi confusa
cabeza se abrió paso:
-
-Como decía Chiquito de la Calzada, todo el mundo
tiene un graduado escolar y tú tienes una etiqueta de Anís El Mono.-
Los ojos del simio se abrieron de forma descomunal, se
adivinaba en su expresión la incapacidad ABSOLUTA para racionalizar lo que
acababa de oír. Al punto, todo el ruido alrededor cesó, mientras la escena
comenzó a desvanecerse en segundos. Y yo me encontré en el salón de mi casa,
rodeado por mi familia y en mitad del ademán de deglutir otra uva más.
Sí, en cuestión de segundos comenzaría otro año, todo había
vuelto a la normalidad. Y todo se lo debía a Chiquito. Gracias Maestro.
¡Felices Fiestas y Feliz Año Nuevo!
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sábado, 11 de noviembre de 2017
ROMPER LOS BLOQUES
Comparto aquí enlace a la columna de opinión que publiqué en eldiario.es:
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miércoles, 1 de noviembre de 2017
EL ESTADO DE DERECHO NO ES EL PP
Comparto enlace al artículo que publiqué recientemente en eldiario.es:
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martes, 17 de octubre de 2017
AJEDREZ EN CATALUNYA
Comparto enlace a la columna de opinión que publiqué en eldiario.es: http://www.eldiario.es/zonacritica/Ajedrez-Catalunya_6_697540252.html
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jueves, 28 de septiembre de 2017
ESPAÑA, UN PAÍS CON UNA ENORME PLURALIDAD LINGÜÍSTICA
Comparto aquí enlace al artículo que publiqué, junto con Joan Francesc Marco, en El Periódico de Catalunya: http://www.elperiodico.com/es/opinion/20170926/espana-un-pais-con-una-inmensa-pluralidad-linguistica-6311844
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NO SÓLO HAY QUE INDIGNARSE
Comparto aquí enlace al artículo que publiqué en el diario El País, junto con la concejala socialista del Ayuntamiento de Madrid, Mar Espinar https://elpais.com/ccaa/2017/09/22/madrid/1506093064_602871.html
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viernes, 22 de septiembre de 2017
REFERÉNDUM A LA FRANCESA
Comparto aquí enlace al artículo que publiqué en eldiario.es : http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Referendum-francesa_6_688791137.html
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